Dolor centralizado

 LEONARD BEARD
LEONARD BEARD
JOAN BARRIL

Me encontraba hace unos días en un aeropuerto lejano, cuando llegaron a las pantallas de televisión las imágenes del accidente de Spanair en Barajas. No hay filtros para esas cosas. El mundo globalizado exige informaciones permanentes y los emisores no distinguen dónde serán recibidas. Un desastre en un aeropuerto es visto en otro aeropuerto, y de pronto todos los aeropuertos son una patria. Lo mismo sentí cuando a finales del año del tsunami caminaba por la playa de la Barceloneta. Ante la desgracia, lo primero que desaparecen son las líneas fronterizas.
En el contexto de la tragedia de Barajas, el comentarista hablaba en una lengua incomprensible, pero las imágenes eran explícitas. Y en una de esas imágenes se veía a unos ciudadanos españoles enarbolando unas pancartas caseras en las que se podía leer: "Funeral de Estado para todos". Todavía se estaban sacando muertos de los restos calcinados del avión y ya se exigía de las autoridades que se hiciera un funeral de Estado. Las muertes al por mayor conmocionan más que las muertes una por una. Si lo del funeral de Estado sirviera para devolver la vida a los muertos y la tranquilidad a los vivos, ahí marchaba yo con mi pancarta. Pero a menudo ese tipo de lamentos colectivos son como las antiguas plañideras, que con sus sollozos interesados impiden que reflexionemos sobre nuestra lábil condición de personas de riesgo permanente.
Pero finalmente el funeral se celebrará. Será el día 11 de septiembre, una fecha que ya viene sobrecargada de conmemoraciones. Una vez identificados los cuerpos han aparecido las primeras críticas. La Iglesia cristiana evangélica protesta por el hecho de que el funeral se celebre de acuerdo con el rito católico. Aducen que entre las víctimas había gente de otras creencias. La muerte, por lo visto, no nos iguala. Pero algo sí que es perfectamente asumible por los organizadores.
Ustedes me entenderán: el funeral de Estado, con súper-Rouco a la cabeza, tendrá lugar en Madrid. Madrid siempre es el Estado incluso para los funerales. No se ha querido pensar que una buena parte de los pasajeros eran de Canarias, o que simplemente se encontraban en Madrid porque alguien decidió que los aviones han de salir de Barajas para respetar el sistema aeroportuario. Descansen en paz los muertos. Y los vivos, ya lo saben: si quieren un funeral para los suyos deberán ir a Madrid, porque el centralismo no entiende que el Estado pueda estar en ninguna otra parte.
La desesperanza

A
principios del siglo XX, la esperanza en el progreso era algo que se experimentaba día a día. Una enfermedad mortal dejaba de serlo al cabo de poco tiempo. El arado de bueyes desaparecía bajo la fuerza del tractor. Una bombilla de cristal daba luz, y unos rayos llamados X nos permitían ver el interior de nuestro cuerpo sin necesidad de hacer una carnicería. El progreso científico y tecnológico era una realidad cotidiana que daba a nuestros abuelos confianza en el futuro y al- gún que otro susto devastador como fue Hiroshima. Pero hoy la esperanza ha desaparecido. El futuro es agorero: los glaciares se funden, los hielos desaparecen, el aire se emponzoña, el hambre mata a la gente y las bestias mueren. Y ahí tenemos a la candidata republicana a la vicepresidencia de EEUU abatiendo un caribú y al tramposo Putin fotografiado junto a un tigre siberiano anestesiado. Poca esperanza, la verdad. Progresar era otra cosa.