El museo de la superstición

 Pinturas en el puerto de Horta.
Pinturas en el puerto de Horta.
PATRICIA Ameijeiras

No se sabe cuándo ni cómo comenzó la tradición, pero las gentes del lugar cuentan que hace ya unos años el tripulante de un velero fondeado en el puerto de Horta, en la isla de Angra de Heroísmo (archipiélago de las Azores), decidió dejar un recuerdo de su paso por allí e hizo un dibujo en el muro de la dársena.
Él fue el primero, pero le siguieron muchos más. Tantos, que hoy todos los muros y suelos del inmenso puerto deportivo de Horta se han convertido en un gran mural, un museo al aire libre en el que las obras de artistas anónimos que cruzan el Atlántico han sustituido el oscuro y frío gris del cemento de las paredes del muelle.
Entre dibujo y dibujo nació la siguiente superstición: los barcos que, por una razón u otra, no dejaron testimonio de su paso por la Marina de Horta, que es como se conoce el puerto, tuvieron accidentes. Por ello, obedientemente, todos los marineros cogen los pinceles y acaban pintando un dibujo en la pared o en el suelo. También escriben palabras alusivas a sus barcos, a ellos mismos y a su nacionalidades. Los hay que incluso estampan su firma. De lo que se trata es de dejar constancia de que se ha estado allí.
De hecho, no es nada raro pasear por el muelle y encontrarse a esos artistas pintando. Al final del muelle, junto a la pared, está Matthew, un irlandés que llegó con su barco hace cinco días y que mañana zarpa rumbo a su tierra. Por eso ahora está trabajando en su obra. Un trébol verde, símbolo de su país, con el nombre de su barco y la fecha. "Había oído hablar de la tradición, pero no le hice mucho caso, hasta que llegué aquí. Cuando vi todo esto, no lo dudé. No me podía arriesgar. Además, es divertido dejar tu huella al final de tu estancia", explica.
Las obras se cuentan por miles y se puede encontrar de todo, aunque en la mayoría hay una bandera. "Es como un mapamundi", explica Manuel Nunes, un veterano marinero jubilado que pasa sus tardes contemplando los barcos que vienen y van. "Conozco casi todos los dibujos y gracias a ellos soy capaz de distinguir las banderas de muchos países. Por ejemplo, de España no conocía las de Catalunya, Galicia, Valencia o el País Vasco. Ahora ya soy capaz de diferenciarlas todas", afirma.
Algunos, cuenta, solo firman, pero hay otros que trabajan mucho y hacen dibujos complejos: "Allí hay uno que representa la bahía de Horta con todo detalle. Otro es un barco pirata. Incluso hay uno que es una reproducción de la torre Eiffel".
El problema de este museo espontáneo es que todas las obras están al aire libre. Y eso hace que la gente las pise, porque muchas están en el suelo. Además, el sol y la brisa del mar las van estropeando poco a poco. "Pero da igual", indica Manuel, porque la gran mayoría de sus autores regresan y las vuelven a pintar, y si no, cuando están muy deterioradas otros pintan encima. "Lo importante --dice-- es dejar un recuerdo del paso por aquí". Y, por supuesto, volver a Horta, la cuarta marina oceánica más visitada del mundo, en la que una superstición ha dado lugar a un museo de artistas anónimos.